miércoles, 14 de marzo de 2012

CAPÍTULO XII: Moneda de cambio II

(SEGUNDA PARTE)


Por fuera el edificio de las Sombras parecía exactamente igual que siempre y por dentro bueno…tampoco es que hubiese cambiado mucho en esos últimos meses.

Los vampiros no son lo que se dice unos entusiastas del interiorismo, supongo que porque no sienten la necesidad de cambiar las cosas de sitio con tanto apremio como los humanos.

Pero si había algo de lo que antes carecía la organización: Miembros de otras razas distintas a los vampiros, y humanos, bastantes más que antes.


Lobo apenas permitía el acceso a éstos, y sólo lo hacía si mostraban una capacidad especial a la hora de trabajar y después de someterlos a duras pruebas, en las que la mayoría de ellos acababan pereciendo.

Supongo que en el caso de Serpiente…él solía pasar más la mano. Lo cual no sabía si tomarlo como algo positivo o negativo.

Entré como si nada, seguía guardando mi tarjeta de identificación con la que podía acceder al edificio, y me sorprendió ver que no había sido desactivada en ese tiempo. Tampoco se habían tomado la molestia de cambiar las contraseñas de entrada.


Y después de atravesar el pasillo y unos cuantos controles vigilados por guardias humanos llegué al recibidor, donde escuché los exigentes gritos de una mujer que reclamaba ver al líder de las Sombras, y no de forma muy amistosa…

-          ¡Déjenme ver a vuestro jefe! – exclamó indignada - ¡llevo dos semanas esperando que me reciba y siempre tenéis una excusa para hacerme marchar! ¡Pero no pienso esperar más!

Me fijé en la chica con cierta curiosidad, era la primera vez que veía a alguien levantar la voz a uno de los gorilas de la organización. Y lo que vi allí me sorprendió aun más.

Era la chica que había conocido en el Darkness antes del concierto y parecía bastante disgustada.

¿Qué hacía ella ahí? ¿Tendría algo que ver con lo que estaba buscando la otra noche?

-          Ya le he dicho que no puede atenderla aun – contestó el guardia.

Normalmente que alguien apareciese en el edificio y alzase la voz en un lugar donde el silencio es la clave para sobrevivir le hubiese costado bastante caro, pero ninguno de los presentes parecían interesados en ella. Lo cual era bastante bueno, al menos para su salud.


-          Por favor…- rogó, calmando su tono a uno más sereno y a punto de estallar en lágrimas – necesito hablar con su líder, necesito saber qué le han hecho…

Parecía bastante desesperada, fuese quién fuese la persona que buscaba suponía que debía tratarse de una víctima más de las Sombras. Seguramente alguien que habría cometido un crimen antes…o al menos eso quería pensar.

Serpiente no parecía de los que sintiese aprecio por los humanos, al menos no por aquellos que no le proporcionaban nada a cambio. Pero ella no tenía porqué saberlo, ni siquiera tenía porque estar allí. Y que una mortal supiese demasiado sólo podía traerle problemas.

No sé bien porque lo hice, pero me acerqué a ambos para intentar interrumpir lo que probablemente acabaría con una mancha en el expediente de las Sombras.
-          Buenas noches – saludé, como si nunca me hubiese marchado de ahí y aquella ausencia no fuese más que otra de mis pequeñas escapadas para viajar.

No creía que colase, pero había que intentarlo.

-          Halcón – dijo el guardia, reconociéndome enseguida sin dar muestras de que mi presencia allí le extrañase.

Ella me miró sorprendida, supongo que verme allí tampoco era lo que esperaba.
-          Hola, me alegra verte de nuevo.

-          Eh…h-hola…- contestó anonadada.

Le dediqué una sonrisa amistosa y me volví de nuevo hacia el guardia.

-          Vengo a ver a Serpiente.

El guardia miró de reojo a la chica y después centró de nuevo su atención en mí.


-          Ahora mismo está ocupado…pero si quieres puedo decirle que has vuelto.

-          Claro, no tengo ninguna prisa – contesté encogiéndome de hombros.

Después de retirarse me quedé a solas con ella, que seguía observándome con curiosidad.

-          ¿Tú eres Halcón?

-          Bueno...es uno de mis muchos apodos.

-          He oído hablar de ti – dijo.


Oír hablar de mí como Halcón sólo podía significar que estaba al tanto de mis…actividades ocultas. Lo cual no quería decir nada bueno, pero ella no parecía sentirse amenazada, de hecho parecía más relajada al verme a mí allí.

-          Siempre que te veo lo hago en un lugar plagado de vampiros, ¿debo seguir suponiendo que no “te ponen” nada sus asuntos?

-          Vengo buscando a alguien – se explicó.

-          Eso me ha quedado claro – dije – pero espero que sepas donde te has metido, ese club no tenía nada que ver con esto, los vampiros de allí son hermanas de la caridad comparados con los que aquí trabajan.

-          Lo sé, pero tengo que ver a Víbora.


Estuve a punto de reír, pero el gesto extremadamente serio de su rostro me quitó las ganas enseguida. No parecía tener muchas ganas de bromas. Pero pensaba apuntarla a mi lista de insultos hacia él.

-          Querrás decir Serpiente – le corregí.


-          Me da igual cómo se llame esa alimaña – soltó con desprecio – tiene a mi maestro encerrado, lo sé, y no me iré hasta que me diga dónde.

Entonces caí en la cuenta de algo, sabía yo que había visto antes a esa chica.

-          ¿Tu maestro? Espera…- le miré sorprendido – ¿tú eres…?

-          Murciélago Blanco.

-          Joder, claro. Eres la acólita de Lobo.

Ella asintió con la cabeza. Lobo pocas veces hablaba de sí mismo, pero recordaba haber descubierto entre sus archivos una foto suya con una chica muy joven de pelo blanquecino. Me pilló, claro, y después de ser excesivamente duro en el entrenamiento de ese día y ganarme un par de cicatrices nuevas me habló de ella.

Había madurado bastante desde entonces, pero sus rasgos eran inconfundibles, me extrañaba que hubiese tardado tanto en identificarla.


-          Y tú eres su ojito derecho – dijo, en un tono algo apenado – él hablaba mucho de ti.

Me extrañaba que Lobo hubiese hablado de mí a alguien más, de hecho que hablase mucho ya era raro, pero tampoco le conocía demasiado a fin de cuentas.

Bajó la mirada, el rímel de sus pestañas había dejado una marca negra en sus mejillas, y su rostro apenado y algo infantil le daba un aspecto conmovedor.


-          No te preocupes por él, seguro que está a salvo. Lobo no es de los que se dejan vencer tan fácilmente.

-          Pero necesito verlo…- alzó la vista hacia mí, sus ojos blancos carentes de pupilas resultaban inquietantes y a la vez cargados de inocencia.

-          Bueno, si quieres puedo ayudarte a hablar con Serpiente.

-          ¿De verdad? – preguntó ilusionada.

¿Por qué cada vez que veía a una mujer llorar me metía en problemas? Tenía que dejar de actuar como un paladín…no me pegaba nada.


-          Claro, tú déjame a mí – contesté despreocupado – pero una vez dentro no puedo hacerme responsable de lo que te pase, así que debes estar segura de querer hacerlo.

Ella asintió con una sonrisa y a los pocos minutos volvió a acercarse a nosotros el guardia que nos había atendido.

-          Serpiente te recibirá enseguida.

Murciélago frunció el ceño molesta por el trato preferente que recibía por su parte, pero fue inteligente y no dijo nada.

-          Perfecto – dije – por cierto, ella viene conmigo.

El guardia no parecía muy convencido.


-          Pero no puede entrar ningún humano…

-          A no ser que un miembro de las Sombras responda por el – terminé su frase - Y yo respondo por ella.

Una vez más lancé el dardo a ciegas esperando dar en la diana, ya que teóricamente ya no era una Sombra. Y tuve suerte…

-          Está bien, pero que se comporte o acabará convirtiéndose en la cena.

-          No te preocupes, se portará como es debido ¿verdad?

Movió la cabeza afirmativamente y le lanzó una mirada furibunda al guardia mientras nos adentrábamos por el pasillo.

-          No sé cómo puedes seguir trabajando para ellos – susurró siguiéndome a través del edificio – después de lo que le pasó a Lobo.

-          No sé que le pasó a Lobo, y tampoco trabajo para ellos. De hecho no lo hago desde que tu maestro me tendió una trampa y me encerraron en una de las celdas de contención de las Sombras.

Mi tono no era todo lo amable que me hubiese gustado, pero no podía evitar hablar así después de haber sido utilizado por la única persona en la que había confiado desde que llegué a Bridgeport.

-          ¿C-cómo? – al parecer era la primera noticia que tenía sobre ello, y tampoco me extrañaba – no sabía nada. Lobo no pudo hacerte eso, seguro que hay una explicación…


-          La explicación es que ni tú, ni yo, ni nadie conoce realmente a Lobo, y sus motivos para actuar se escapan de nuestro entendimiento.

-          Pero él…él te aprecia, Halcón. No haría nada para perjudicarte.

Me di la vuelta, parando en seco para mirarla.


-          Pues lo hizo, quizás no intencionadamente…- lo pensé y enseguida rectifiqué – ¿qué demonios? sabía perfectamente lo que hacía, planeó hasta el último movimiento. Y yo caí en su juego. Fin de la historia.

Ella se mordió el labio inferior, entristecida por mis palabras, y me siguió en silencio cuando volví a girarme para continuar el camino hasta el despacho que antiguamente había pertenecido a Lobo.


El pasillo de entrada a su despacho estaba flanqueado por dos guardias vampiros que ya conocía de haberlos visto antes trabajando para Serpiente. Él no era lo que se dice un tipo amistoso, así que supongo que tendría que vigilar mejor quién se le acercaba.

-          Venimos a ver a Serpiente – anuncié.


No dijeron nada, simplemente abrieron la puerta y nos dejaron pasar.


El despacho estaba casi a oscuras y la decoración era…bueno, muy del estilo de Serpiente. Muebles más antiguos que Matusalen mezclados con el arte moderno del siglo XXI, estanterías atestadas de libros de todas las clases y épocas y artilugios extraños repartidos por todo el cuarto, algunos de ellos procedentes de nuestro mundo de origen.


Estaba de espalda a nosotros, con las manos unidas atrás, y observaba un terrario en el que una boa esmeralda reptaba para alcanzar a una pobre rata de ojos rojos asustada en un rincón.

-          Víbora es… ¿un hombre? – susurró Murciélago sorprendida.


-          Serpiente – le corregí en tono bajito.

El aludido hizo un gesto con la mano alzando el brazo pidiendo silencio, y no apartó la vista del terrario.

-          Silencio, esta es la mejor parte - dijo.


La mejor parte consistía en ver a su mascota abrir las fauces hasta desencajarlas antes de lanzarse a por la rata y metérsela de un bocado dentro, entre los chillidos de miedo y dolor del desafortunado animal que pugnaba por escapar de su abrazo.

Nos quedamos en silencio contemplando con algo de grima la escena hasta que él se dignó a hablar de nuevo, dándose la vuelta para por fin otorgarnos su atención.

-          Que extraña y fascinante es la unión entre un depredador…- me echó un vistazo de arriba abajo – y su presa – esta vez posó la mirada en Murciélago, esbozando esa sonrisa suya tan característica.

La chica frunció el ceño, y tragó saliva enfrentándose a su escrutinio. Noté que tensaba los puños y que parecía bastante nerviosa.


-          Que encantadora compañía has buscado para esta noche…Halcón. ¿Vienes a qué te dé mi bendición?

Serpiente solía hablar alargando las palabras en un tono cargado de ironía, y hacía bastante énfasis a la hora de pronunciar las eses.

-          He oído que últimamente has tenido una serie de revelaciones muy interesantes sobre tu verdadero origen…estaba deseando que vinieses a hablarme de ellas. ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Un trago quizás?


Señaló hacia la mesa que había cerca del separador de la entrada, y vi que había una botella de cristal y una copa llena de un líquido rojo que enseguida reconocí, su olor inundaba todo el cuarto, y por primera vez desde que tengo memoria me pareció un aroma de lo más apetecible.

Serpiente notó aquel gesto y sonrió complacido.

-          Adelante, sírvete. Yo no la he probado aun – y entonces volvió a fijarse en Murciélago – lo cierto es que se me acaba de antojar un trago más fresco…


Ella le miró intimidada, mientras Serpiente se le acercaba con lentitud, estudiando sus gestos y movimientos.

Di varios pasos hacia el escritorio, y aspiré el perfume del interior de la copa ajeno a todo lo demás. Olía bastante bien, pero para mi sorpresa no sentí el deseo de probarla. Entonces me volví hacia ellos y contemplé como analizaba a su presa dando vueltas alrededor de ella.


-          ¿No tienes sed? – me preguntó, sin dejar de observarla.

-          No – dije seguro.

-          Déjame probar algo – dio un paso hacia ella.

-          N-no…no te acerques – le advirtió asustada.

-          Tienes valor, debo admitirlo – no le hizo caso – vienes a mi casa, gritas a mis hombres…exiges verme, te cuelas sin mi permiso en mi despacho y te atreves a darme órdenes. Otros han muerto por mucho menos.


Murciélago guardó silencio, de momento parecía demasiado intimidada para hablar, lo cual dada la situación era algo bastante bueno. Aun así intente interrumpir su juego para evitar problemas.

-          Serpiente yo la he…

-          Silencio – ordenó, acercándose al oído de la joven para susurrarle algo que no logré escuchar.

Ella abrió los ojos de par en par y vi cómo pálidas mejillas enrojecían ligeramente.


Suspiré mentalmente, Serpiente era el tipo de personas que tenían la extraña cualidad de tocarme las pelotas con asombrosa facilidad. Pero estaba allí para pedirle un favor, y al menos de momento él tenía la sartén por el mango. Por lo que dejé que jugase a su antojo, después de todo ella no era mi responsabilidad y sabía bien donde se metía.

El problema es que sospechaba donde quería llegar.

-          ¿Me harás ese pequeño favor? – le preguntó, en un tono muy suave.

-          Antes quiero respuestas…- dijo ella.

Él chasqueó la lengua, negando con la cabeza buscando un control directo con sus ojos carentes de pupilas, pero ella no le permitió hacerlo. Al fin y al cabo si Lobo había sido su maestro la regla de oro contra el dominio mental, no mirarles a los ojos, debía conocerla bastante bien.


-          Dime donde está Lobo – le exigió ella, desafiándolo con la mirada clavada en la pared del fondo.

Serpiente reaccionó como esperaba, era del tipo de personas que preferían un poco de rebeldía antes que sumisión en sus víctimas. Le divertía jugar con ellas, y también que éstas creyesen que podían marcar sus propias reglas ante un vampiro que había vivido (por lo que sabía) medio millar de años.

-          ¿Y porque debería hacerlo? – preguntó con curiosidad.

Llevó la mano a su cabello para separarlo de sus hombros con una suave caricia, y pude ver como la piel de ella se erizaba. Tenía miedo, pero intentaba aguantar estoicamente su presencia.

Había pensado que Serpiente era una mujer, y por la cara que había puesto al descubrir que no era así supongo que se sintió sorprendida al ver en su lugar a un hombre como él.

Era joven, se notaba, y por lo poco que sabía de ella no estaba muy acostumbrada a tratar con otras personas. Lobo la había tenido apartada del mundo para protegerla, era algo que sabía por lo que me había contado él, y no era raro suponer que aquel tipo de atenciones eran demasiado nuevas para ella.

En resumidas cuentas…Serpiente, un maestro de la manipulación, tenía ante él a una inocente muchacha que apenas conocía a las personas. Y tenía algo que ella quería. Por lo cual estaba más que perdida en sus garras.

-          Yo…sé hacer…cosas – contestó con voz entrecortada.

Serpiente se echo a reír, y las mejillas de ella se encendieron aun más.

-          ¿Crees realmente que algo que tú, humana, sepas hacer puede llegar a interesarme? – preguntó con arrogancia – ¿a mí?

Ella asintió, temblorosa.

-          Lobo ha sido mi maestro, me ha entrenado – dijo, y su voz fue cobrando fuerzas a medida que hablaba – y si no me dices donde está te juro que te sacaré la infor…


Él la agarró del cuello, y le obligó a mirarle, pero intentó resistirse con todas sus fuerzas.

-          Amenazas… - chasqueó la lengua - sigues sin jugar bien tus cartas, pequeña.

-          No vas a…- le costaba respirar y hablaba entrecortada –…meterte en mi cabeza.

-          Serpiente – le interrumpí - he venido a hablar contigo, no a ver cómo jugáis al gato y al ratón y quedarme de brazos cruzados. Suéltala.

Apretó un poco más mientras ella intentaba desesperadamente coger algo de aire, y me miró con los ojos entrecerrados.


-          ¿Dice la verdad? ¿Es su acólita?

Yo asentí, aunque realmente no sabía si aquello le hacía más mal que bien.

La soltó con desprecio y volvió a la carga con una sonrisa irónica.


Murciélago se llevó las manos al cuello, tomando aire en grandes bocanadas entre jadeos. Tenía los ojos enrojecidos a causa de las lágrimas que intentaba reprimir, y su aspecto parecía el de una frágil y desamparada muñeca de porcelana.

-          ¿Y a qué debo el placer de vuestra presencia? No todos los días recibo la visita de dos de los perros falderos de mi enemigo.

-          Hasta hace un par de meses, tú siempre fuiste la mano derecha y chico de los recados de Lobo – contesté devolviéndole la sonrisa - ¿eso a ti en qué te convierte?

-          En alguien muy inteligente, sin duda – contestó con orgullo – a la vista está que de los dos yo soy aquí el que tiene bajo su control a todo el mundo.


-          Enhorabuena Serpiente, eres oficialmente un traidor y un manipulador de la ostia. Perdóname por no haberte felicitado antes pero estaba muy ocupado ignorándote.

-          Y mira lo que has tardado en volver.

-          Que te den, aquí te quedas…No te necesito para nada.

A la mierda Serpiente y sus juegos, no pensaba rebajarme ante él. Seguro que había otro modo de hacer las cosas.


-          ¿Eso crees? – preguntó desafiante.


Serpiente sacó del interior de su chaqueta un puñal de hoja dorada, y agarró a la mujer del cuello para atraerla hacia sí mismo.

Murciélago abrió los ojos de par en par, asustada, y sentí una ligera brisa arremolinándose alrededor de ella, y una niebla blanquecina envolviendo sus pies.


-          Por favor…- me pidió, mirándome desesperada – no dejes que lo haga.

Algo me decía que no estaba rogándome por su vida…sino todo lo contrario. Entonces recordé el motivo por el que Lobo la tenía tan apartada del resto del mundo.

-          Te voy a enseñar lo mucho que necesitas mi ayuda… - dijo él, sin dar demasiada importancia a lo que estaba ocurriendo y acercando la daga a su cuello para hacer un ligero corte en él.

-          ¡Serpiente no! ¡no lo hagas! – le advertí.

La brisa aumentó de intensidad, y poco a poco se fue formando un remolino alrededor de la muchacha. Los papeles del escritorio volaron lejos de éste, y yo intenté mediar entre ellos para que aquello no acabase como creía.

Serpiente abrió los ojos sorprendido, agarrándola con más fuerza pero dejando de presionar su cuello.

-          ¿Qué está pasando?

-          ¡Está perdiendo el control, más te vale que hagas algo si no quieres que salgamos de aquí volando!


-          P-por favor…y-yo no q-quiero…- ella parecía más asustada que nosotros, mientras las lágrimas surcaban su rostro aterrorizado – ¡por favor haz que pare!

Pero cuanto más miedo sentía más potente se hacía su poder.

Los cuadros y objetos más pequeños que adornaban el cuarto comenzaron a elevarse y golpear con fuerza aquello que encontraban a su paso. Tuve que defenderme con los brazos para evitar que uno de los proyectiles me diese en la cabeza.

Serpiente actuó rápido, dándole la vuelta y llevando las manos a las mejillas para obligarle a mirarle a los ojos. Esta vez no hubo nada que le impidiese tomar el control, ya que dejó atrás cualquier rastro de delicadeza y clavó los dedos en su piel hasta que sus miradas se encontraron.


Las lágrimas de la muchacha corrían por sus mejillas y empapaban sus guantes de cuero negro mientras él le hablaba en un idioma que reconocí enseguida, a pesar de que hacía años que no lo escuchaba. Hablaba en vanarian, mi idioma natal, mientras le recitaba unos versos cerca del oído, de los que sólo pude extraer unas líneas (que os traduzco).


(*)Llora, y es cada lágrima un poema
De ternura infinita.

Ella tiene la luz, tiene el perfume,
El color y la línea,
La forma, engendradora de deseos,
La expresión, fuente eterna de poesía…(*)


Los ojos de la muchacha adoptaron un color verde oscuro, volviendo por un instante a su aspecto original, mientras Serpiente seguía con sus pupilas contraídas fijas en éstos intentando calmarla con poesía.

Y lo consiguió, poco a poco el poder que amenazaba con destrozar el cuarto fue remitiendo, y la chica cayó agotada sobre sus brazos.


Serpiente la sujetó con delicadeza, y finalmente la posó sobre el escritorio, mirándome con una sonrisa.

-          ¿Va todo bien señor? – uno de los guardias irrumpió en el cuarto, observando sorprendido el destrozo provocado por aquella muchacha que creían insignificante.


Murciélago dormía ahora plácidamente, ajena a todo lo que ocurría alrededor suyo, y yo me acerqué  intentando interponerme entre ella y los guardias, que ya habían sacado sus armas.

-          Tranquilos – dijo Serpiente – todo está bajo control. Dejadnos a solas un momento.

Él parecía enormemente complacido por lo que acababa de ver. Negué para mí mismo y miré apenado a la chica. Acababa de caer en su juego…se había convertido en el nuevo objetivo de Serpiente, y ni siquiera era consciente de ello.


Todo lo que había hecho Lobo por ella…por mantener su poder a salvo, había caído en saco roto, pues ahora los demás sabían de su existencia.

-          Como te decía…- continuó, como si nada de lo que había pasado hace unos segundos fuese importante en esos momentos.

El despacho había quedado completamente destrozado, incluso el terrario de la mascota de Serpiente, cuyo cristal se había roto. Ahora en animal reptaba felizmente entre los escombros, buscando nuevas presas a las que atrapar (cuánto se parecía a su dueño).

-          Sé que me necesitas, sino no estarías aquí. Y sé porque.

-          Supongo que para eso enviaste a Mantis al Darkness, para que te mantuviese bien informado.


-          De eso vivimos Halcón, la información es la clave de nuestro trabajo, sin ella…no seríamos nada.

-          Puedo valerme por mi mismo. Lo que ocurrió…sólo pasó allí, ya no siento la necesidad de alimentarme.

Eché un vistazo al suelo, donde yacía la botella de cristal bajo un charco de sangre que había salpicado hasta en las paredes al golpear contra ella, la copa estaba oculta bajo la mesita volcada.


Podía sentir el intenso aroma de la sangre, pero no encendía mi deseo como pasó cuando estuve con Alidaen.

-          ¿En serio? – volvió a sacar su daga, y la acercó a la mano de la chica, que colgaba hacia un lado mientras dormía – Observa…

Con un rápido movimiento abrió una herida en su muñeca, de la que empezó a brotar sangre. La chica ni se inmutó, por lo que supuse que estaba siendo aun controlada por Serpiente.


Fijé la vista en la herida, y el aroma de la sangre fresca inundó enseguida mis sentidos, avivando en mi garganta una sed que días antes creía que terminaría volviéndome loco.

-          No… - llevé la mano a mi boca y mi nariz, intentando ignorar su dulce olor.


Y de nuevo la voz susurrante de Kaele volvió a nublar mi juicio.

“Aliméntate de ella…otórgame su poder…”

Serpiente ladeó la cabeza, observando mi reacción con curiosidad mientras se mesaba la barbilla.


-          Tal como suponía…- dijo - necesitas alimentarte de la fuente. No es la sangre lo que él quiere, sino el poder que obtienes a través de esta. Su esencia…

“Dame su poder…dame su poder”, repetía mi Señor sin cesar.

Di varios pasos hacia atrás, alejándome de la muchacha y chocando a mi paso con una de las sillas del despacho tirada en el suelo.


-          Cuando te conocí sabía que eras especial…pero un elegido del dios de las Sombras…eso es mucho más de lo que esperaba.

Intenté hablar, pero hacerlo dolía como si cientos de cristales minúsculos se clavasen en mi garganta. La sed era insoportable, y la visión de su sangre llenaba de nuevo mi cabeza de horribles recuerdos.

Decenas…cientos de víctimas de aquella ansia de poder sin control. Todos muertos bajo el peso de mi maldición.


Pero de algún modo la voz de Serpiente me seguía manteniendo en ese mundo, obligándome a escuchar sus palabras y ese tono cargado de satisfacción que no hacía sino empeorar mi angustia, pero por suerte me impedía moverme.

-          ¿Pero porque tú? Kaele no ha elegido nunca a ningún vanarian, nunca ha concedido su gracia a otro ser.

-          Eso…no es cierto – contesté con voz ronca – él os creó…Isabella dijo…

-          Nosotros somos sus criaturas, sus hijos…fuimos creados a su imagen y semejanza al igual que otros dioses crearon al resto de criaturas de nuestro mundo, humanos, seres feéricos, brujos, licántropos...


-          Pero él nunca tomó partida en la guerra ni tuvo Elegidos como el resto de dioses – continuó - los Vanar nacisteis para servirlos directamente como representaciones terrenales de su poder, no sois libres, es la mayor diferencia entre vosotros y el resto de criaturas creadas por ellos.

Libertad…que dulce sonaba esa palabra y qué desconocida me resultaba. ¿Había llegado a ser libre alguna vez? ¿O siempre fui un esclavo de los dioses?

Serpiente abrió una herida esta vez en su brazo, y dejó que su sangre gotease sobre la muñeca de Murciélago para curarla.


Y el aroma de la mezcla terminó con el poco control que me quedaba.

Me lancé sobre él, con los colmillos desplegados e intenté clavarlos en su carne. La sangre de Serpiente albergaba tanto poder que me resultaba imposible ignorarla, pero su herida se cerró al instante y él me golpeó el estómago lanzándome varios metros hacia atrás de una potente patada.


Choqué contra la pared y allí me quedé unos segundos, jadeando más agotado por el esfuerzo de reprimir mi sed que herido tras la caída.


Cerré los ojos con fuerza y me llevé las manos a la cabeza.

-          ¿Sigues pensando que no me necesitas? – preguntó.

Aferré mi pelo, creyendo que terminaría arrancándolo de mi cuero cabelludo de la presión que ejercían mis dedos.


Negué despacio.

-          Lo suponía…- contestó sonriente – ahora sólo queda saber una cosa.

Alcé la vista para mirarle fijamente.

-          ¿Qué piensas ofrecer a cambio de mi ayuda?