(PRIMERA PARTE)
(INTRODUCCIÓN - Hogar de los Laremion)
Días después de la muerte de Erailne, su cadáver seguía intacto en el refugio de su ataúd. Tan serena como si durmiese, ni siquiera la tortura a la que había sido sometido su cuerpo y la muerte habían podido vencer la batalla contra su eterna belleza. Sus heridas habían cicatrizado y las marcas de aquel terrible suceso desaparecieron, dejando tan sólo una sutil marca sobre su cuello, donde la palabra “Amada” quedaría permanentemente grabada en su piel.
Pero Thaerion era incapaz de borrar aquella imagen de su cabeza, él había visto aquel horror con sus propios ojos. Y sabía que había sido su castigo por haber desobedecido a su padre.
Ahora él ni le miraba, de hecho apenas salía del cuarto donde hacía tan sólo unos días su esposa compartía a su lado. Ni si quiera tuvo fuerzas para ir a darle su último adiós.
- ¿No subes? – la voz de Kheran evitó que la culpa volviera a surgir creando una nueva herida en su pecho.
El frío de aquella cripta bajo tierra resultaba reconfortante…le ayudaba a pensar.
- Estoy bien aquí.
- Thaerion…todo esto, no es tu…
- Las palabras no cambian los hechos – contestó cortante - no hace falta que digas nada.
Kheran bajó la mirada hacia el suelo, apretando los puños para volver a destensarlos al instante.
- Tampoco las lágrimas, hermano.
Thaerion apartó la mirada del ataúd donde reposaba Erailne para fijarla en su hermano mayor, caminando con porte orgulloso por el pasillo hasta perderse de su vista.
Y una vez más se preguntó si el destino podría haberse cambiado, qué hubiese pasado si su corazón no se hubiese interpuesto a la razón.
La respuesta estaba clara:
Si nunca la hubiese amado…su madre seguiría con vida.
(Claro del Bosque)
Las semanas pasaron…y todas las tardes acudía al claro hasta la puesta de sol con la vana esperanza de volver a verlo. Pero él no aparecía, y las excusas por las que decidía volver al día siguiente comenzaron a dejar de tener sentido a medida que pasaba el tiempo sin saber nada de él.
En más de una ocasión estuvo a punto de dejar a un lado su temor para volver a acercarse a sus tierras y buscarle por su cuenta, pero siempre se decía a sí misma que debía esperar un poco más, y cuando se decidió a hacerlo ya era demasiado tarde.
Su abuela Fionah, que era ya muy mayor, no se había recuperado del todo de su enfermedad y no tardó en tener una nueva recaída, reclamando de este modo los cuidados de su nieta. La cual no se separó de ella salvo para ir a por hierbas curativas al bosque y para obtener los alimentos necesarios para sobrevivir.
De este modo y sin quererlo, Alidaen comenzó a distanciarse de ese sentimiento que antes ocupaba todos sus pensamientos.
Fionah era la única persona que tenía en su vida, había cuidado de ella como una madre y dedicado su vida a hacerla feliz. Y ahora le tocaba el turno a ella…
Y a pesar de que sabía que el tiempo que les quedaba era cada vez más corto y los lazos de su vida se debilitaban a medida que pasaban los días, Alidaen siempre intentó mantener una sonrisa para ella. Dejando los momentos de amargura y temor para su soledad.
Temía quedarse sola…pero sabía que debía aprender a vivir con ella y ser fuerte, pues era lo que Fionah le había enseñado desde que era una niña.
Por suerte para su abuela, su sufrimiento duraría poco…y gracias a los calmantes e infusiones preparadas por su nieta y su cariño pudo abandonar su vida en paz, tres meses después de su último encuentro con Thaerion.
Alidaen había salido a recoger setas para la cena, y posó un suave beso en la frente de su abuela antes de marchar. Pero aquella mañana había despertado con un nudo en el estómago mucho más intenso que los anteriores, y sabía que aquella vez su abuela no la esperaría.
Ni siquiera intentó despedirse de una forma distinta…tan sólo lo hizo haciéndole saber que estuviese donde estuviese cuando llegase, su nieta siempre estaría ahí.
- Volveré pronto…abuela.
Y así lo hizo, encontrándola exactamente como la había dejado, inmóvil sobre la cama con aquella sonrisa serena que solía poner cuando tenía un buen sueño.
- Dulces sueños – le dijo.
Y sin añadir nada más abandonó su casa, apretando el paso a medida que se alejaba mientras las lágrimas surcaban su rostro sin ninguna contención.
No tardó en llegar al claro del bosque, y allí dejó que todo su dolor aflorase hasta estar a punto de desgarrarle el pecho, mientras inconscientemente su vista se posaba en los árboles con la estúpida esperanza de que él apareciese y le envolviese entre sus brazos.
De que le dijese que todo iría bien y nunca estaría sola…
Pero tampoco apareció aquel día, y le odió por ello. Ajena a que él, a unos kilómetros de distancia, se debatía entre su propio dolor y culpabilidad por la pérdida de su madre.
Horas más tarde, cuando ya no le quedaban lágrimas por derramar, al menos en ese día, decidió que era hora de volver a casa y empezar a hacer todos los preparativos para el funeral de su abuela.
Pero cuando llegó vio que la luz de la entrada estaba encendida, y la felicidad inundó su rostro mientras corría a abrir la puerta.
- ¡Abuela! ¡Estás…!
Ante ella apareció un apuesto hombre de cabello rubio y ojos verdes, sonriéndole de forma familiar, a pesar de ser la primera vez que se veían.
- Lo siento…no debería haber entrado así, la puerta estaba abierta y pensé que…- él guardó silencio al ver la desilusión en los ojos de la muchacha, sabiendo enseguida que verle allí no era lo que esperaba en esos momentos – mi más sincero pésame, Alidaen.
Ella le observó mordiéndose el labio, intentando reprimir los balbuceos que amenazaban con dejarle en evidencia para no parecer una niña ante ese desconocido, y aunque con dificultad…terminó consiguiéndolo.
- ¿Me conoce? – logró que su voz sonase clara.
- Un poco – contestó sin dejar de observarla con una mezcla de amabilidad y compasión - tu abuela Fionah me habló de ti.
- ¿Era amigo suyo? – preguntó dejando caer la cabeza hacia un lado de forma curiosa.
- Si, Fionah era una persona muy querida para mí.
- Entonces…debe ser un buen hombre – dijo, esbozando una débil sonrisa - ¿Quiere quedarse a cenar?
A él le sorprendió la entereza de la joven, y aun más su bondad y ternura hacía un completo desconocido. Pero también supo que aquella preciosa muchacha no estaría a salvo sola en aquel lugar, era demasiado inocente y confiada.
Y él debía cumplir la promesa que le hizo a Fionah: cuidar de ella y tratar de llenar el vacío que había quedado en su vida.
- Será un placer – contestó – por cierto…mi nombre es Herald Lehmann.
Ella se dirigió hacia la cocina, y antes de atravesar la puerta se dio la vuelta para volver a mirarle con una sonrisa cargada de tristeza.
- Espero que le gusten las setas…señor Lehmann.
(Meses después – Mansión de los Lehmann)
Herald no tardó en ganarse la confianza de la joven, y a pesar de la insistencia de su esposa Isabelle por mandarla a un orfanato donde pudiese pasar sus últimos años como adolescente, nunca permitió que los servicios sociales la apartasen de su lado.
De hecho tampoco dejó que su falta de formación académica le impidiese ir al instituto como una chica normal de su edad, haciendo todo lo posible por que Alidaen accediese al curso que le correspondía. Tener contactos dentro de la escuela le ayudó bastante, y por suerte el papeleo no se eternizó demasiado.
Su esposa nunca estuvo de acuerdo con la decisión de Herald, siempre había sido una mujer muy estricta a la que no le agradaba demasiado ver a una niña salvaje rondar por su casa, tocar sus cosas y sobre todo, captar la atención de su marido de esa forma.
Pero aun así nunca interfirió en la decisión de su marido, por lo que dos meses después de la muerte de su abuela, Alidaen fue a su primera clase en el instituto.
Herald y ella habían ido a comprar todo el material necesario, y con una sonrisa en los labios observó como su “ahijada” (pues así había empezado a llamarla) se pasó horas forrando libros con esmero, pasando páginas y acercando su rostro a éstas para olfatear el olor a nuevo, y ordenando sus lápices nuevos a la vez que se aseguraba de que todo estaba en su sitio.
A pesar de su pérdida, era extraño no ver en ella una sonrisa, y aquella inocente y curiosa mirada suya siempre puesta en algo que llamaba su atención.
Todo parecía insólito y maravilloso ante sus ojos, y gracias a ella logró ver el mundo de una forma completamente distinta, de una forma que sólo su primera esposa le había hecho ver.
Y no le extrañaba, eran prácticamente iguales en todos los aspectos. Por eso quizás a Fionah no le costó demasiado pedirle que cuidase de Alidaen, y sabía que la dejaba en buenas manos cuando muriese.
- ¿Cómo me queda? – preguntó la muchacha, sacándolo de su ensoñación, dando una tímida vuelta sobre sus pies para enseñarle su uniforme de clase.
Pero a veces resultaba demasiado doloroso ver tan cerca y a la vez tan lejanos los recuerdos de su querida Lithiel.
- ¿Le gusta?
- Estás preciosa, Alidaen. Vas a deslumbrar a todos los chicos de tu clase en cuanto aparezcas por la puerta.
- Eh…- ella se sonrojó al escucharle - ¿van los chicos a la escuela también?
- Claro, es una escuela mixta.
Ella arrugó la frente, extrañada.
- ¿Cómo la ensalada que le gusta a la señora Isabelle?
Herald se echó a reír, había olvidado que había términos que seguía sin comprender bien, tenía tanto que aprender de ese mundo…
- Más o menos. Sólo que en vez de lechuga, zanahorias y tomates, hay un montón de chicos y chicas de tu edad deseando conocerte.
- ¿En serio? – ella le miró con los ojos cargados de emoción ante la idea de hacer amigos.
- Claro que sí, no me extrañaría que este año hubiese nueva reina en el baile.
Alidaen no entendía de qué hablaba, pero todo lo que le contaba sonaba tan bien que estaba deseando que llegase la hora de ir a clase y poder subirse en uno de esos enormes carros de metal amarillo con ruedas llamados autobuses, y poder estrenar sus lápices nuevos.
Aunque tenía miedo de decepcionar a Herald metiendo la pata. Desde que tenía uso de razón no recordaba haber hecho nunca una amiga, y los chicos sólo se habían acercado a ella para tirarle de las orejas o meterse con ella.
Tan sólo un chico se había interesado por ella, y tampoco podía decir que fuesen amigos…aunque era extraño, cuando lo vio por primera vez tuvo la sensación de conocerlo desde toda la vida. Como si hubiese estado esperando que apareciese justo en ese momento…
Aun seguía preguntándose si volvería a verle, y entonces cayó en la cuenta de que igual Herald conocía a su familia.
- Señor Lehmann…- comenzó a decir sin saber muy bien como abordar el tema.
- Llámame Herald, Alidaen – le pidió – dime, ¿qué ocurre?
- Usted… ¿usted ha oído hablar de la familia Laremion?
Alidaen observó su gesto, y comprobó como su amable sonrisa se borró de golpe, adoptando un gesto más serio, incluso dolido. Enseguida sintió que algo no iba bien y temió que su pregunta pudiese haberle hecho daño de algún modo.
¿Pero porqué?
- Sólo lo que habla la gente – contestó al cabo de unos segundos, caminando hacia la ventana.
- ¿Y qué dice la gente?
Herald tomó aire, cerrando los ojos pensando en su respuesta. La sombra de la tristeza nublaba su mirada a través de su reflejo en el cristal.
- Que es una familia maldita, y peligrosa…
Ella no contestó, intentando asociar de algún modo aquellas dos palabras con Thaerion, el mismo que la había salvado de morir a pesar de haber estado a punto de hacerlo el mismo.
Negó con la cabeza, y le rogó que siguiese hablando y que le explicase el motivo.
- Dígame porque… ¿porque la gente es tan cruel para hablar así de ellos? ¿es sólo porque son distintos?
- No son sólo habladurías, pequeña. Me temo que es verdad…
- ¿Y usted cómo lo sabe? ¿Acaso los conoce?
- Conozco su historia demasiado bien, y también al señor de esa casa, Rethan Laremion.
El tono amargo de su voz no logró ocultar a Alidaen el odio que Herald parecía sentir hacia ese hombre, Rethan. ¿Sería así cómo se llamaba el padre de Thaerion?
- Pero usted dijo que sólo sabía lo que la gente decía de ellos…
- Alidaen – pronunció su nombre en tono cortante – no quiero hablar de ello, no ahora…lo siento.
Su gesto tenso se relajó al instante, cuando contempló los ojos llorosos de la muchacha.
- Algún día…- dijo en un tono paternal, acercándose a ella – cuando esté preparado, te contaré todo lo que sé de ellos. ¿Vale?
Ella asintió con la cabeza.
- Pero necesito que me prometas algo, Alidaen.
- ¿El qué?
- Que pase lo que pase, nunca te acercarás a esa casa.
- P-pero…- comenzó a decir, confusa – no lo entiendo.
- Es peligrosa para ti.
- ¿Por los lobos?
- Los lobos son el menor de los peligros que encierran sus tierras.
Alidaen tragó saliva, imaginando todo tipo de criaturas monstruosas escondidas en las mazmorras de aquella enorme mansión. Y en aquellos efímeros pensamientos siempre aparecía su apuesto príncipe dispuesto a salvarla…
- Prométemelo – pidió, casi rogando, su maestro.
¿Volvería a prometer algo que quizás nunca podría cumplir? Mantenerse alejada de esa casa era cada vez más difícil, pues dentro de ella vivía lo único que ella deseaba tener.
- Lo…lo prometo – dijo finalmente, insegura y con un regusto amargo en la garganta.
Era la segunda vez que mentía por él, y temía que no fuese la última…
Pero Herald tenía motivos para preocuparse por ella y rogarle que hiciese caso a sus advertencias, y había jurado a Fionah que la protegería de todo mal.
Empezando por la vileza de aquella casa plagada de Vanar...y de la maldición que azotaba a su propia familia.
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(Comentario sobre este capítulo)
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